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¿Cuál es el mejor bar de España? Dedicado a #LosCurvaDeLaFelicidad

El otro día hablábamos en Twitter de las tapas y de la diversidad del país en el asunto. Unas zonas donde la tapa es gratis; otras donde el pintxo es una obra de arte gastronómica. Ahora veo que el gran blog leonés Fonsado también hace referencia al tema y recoge el siguiente artículo de Carlos Herrera:

¿CUÁL ES EL MEJOR BAR DE ESPAÑA?

images Me lo preguntaba un amigo extranjero hace no pocos días, coincidiendo en una etapa del Camino de Santiago. Concretamente entrando en la Cervecería Madrid de León, uno de los mejores lugares que he conocido jamás. El extranjero, originario de un país en el que hay infinitamente menos bares que en España –es decir, sirve cualquier país del mundo–, no sabía con qué mano tomar cualquiera de las excelencias que a modo de tapas le surgían en todo abrevadero en el que se detuviera. Le hice ver que todo español tiene un listado imprescindible y que no tiene por qué coincidir con otro del que le separen apenas cincuenta kilómetros. Hay países en los que se pueden conocer todos los bares de su territorio y establecer una clasificación de fácil acceso; España no. En España hay muchos bares cuya fama trasciende a su entorno más inmediato, pero hay cientos de miles que sólo son conocidos por los lugareños y por un puñado de estudiosos visitantes. Además, resultan excesivamente heterogéneos para ser comparados: un bar de Santiago no tiene por qué ser una réplica de uno de Santa Cruz de Tenerife, y uno de Mahón exhibirá otro producto que uno de Badajoz.

Los aficionados a las barras prodigiosas no dejamos una ciudad sin peinar, así que la visitamos, pero siempre se nos escapa alguna excelencia. Con todo, creemos conocer lo imprescindible y, aun así, no lo conocemos. Balbino, en Sanlúcar de Barrameda, es totémico, pero no es desechable La Barbiana o la barra de Bigote. Como la de Secundino o todo Bajo de Guía. El Nou Manolín de Alicante parece inalcanzable, pero no descarten el Piripi. Me falta tiempo en Barcelona para dejarme caer por Paco Meralgo, o por Pinocho, en la Boquería, donde el gran Juanito regala por igual calidad estratosférica y simpatía descomunal. Pero cómo no ir al renovado Velódromo de la calle Muntaner o al soberbio Quimet-Quimet de Poeta Cabanyes o al exuberante Inopia de Albert Adrià. Si el extranjero pasase por Granada no tendría tiempo para dividirse entre Cunini, El Elefante y El Mentidero. Y tendría que ir a Huelva a machacar la barra de Portichuelo. Y luego viajar a Vitoria a dejarse emborrachar por el insuperable Toloño, uno de los inevitables en un topten. Y en Pamplona rebozarse en El Gaucho o en Miami, la casa del bueno de Lucio. Y de Donosti no sabría qué decirle: el bar Antonio es uno de mis favoritos, pero paséense por cualquiera de los otros y no tendrán más remedio que reconocer que son incapaces de elegir. Otrosí de Bilbao, de Santander (¡esa Bombi!), de Oviedo. ¿Puede haber una barra mejor que la de La Criolla de Valladolid? ¿O que la de Amorós de Valencia? ¿O que La Ponderosa de Cuenca?.


Me faltaría tiempo para llevarte –le dije– al Manteca, en Cádiz, a El Chele o a El Quinto Toro, en Almería, bares-bares todos, que no es lo mismo que restaurantes. Pueden tener mesas y servir comidas, pero manda la barra. En León, ciudad que me trastorna, la tapa es obsequiada como cortesía en todos los bares: no hablo de un platito de cacahuetes, hablo de uno de morcilla o de uno de paella por el precio de una caña. Igual que en Granada.


Eso resultaba fascinante para el amigo extranjero, acostumbrado a los sucedáneos de bares de su país. Nórdico, por más señas, era incapaz de asimilar la riqueza que florece por doquier en cualquiera de los acudideros que le asaltaban durante su camino. ¿Para todo sois igual los españoles?, me preguntaba. No, le respondí. Nos empeñamos en tener pocas cosas en común, pero los bares son la que unifica y articula el territorio de norte a sur. Un español, por muy sedicioso que sea, echará en falta el territorio nacional si anda por lugares en los que no pueda saborear porciones de gloria en una barra. La riqueza de los pueblos y ciudades no la medimos sólo por sus catedrales o sus ruinas, por sus museos o sus centros peatonales: buena parte del atractivo de esta enigmática y jodida España está en sus bares. En la barra de Trifón, en Sevilla, o en la de Puerta 57, en Madrid. Y en la de todos a los que no he nombrado y que merecerían estar en esta crónica.

El abrazo que le dio el nórdico al Apóstol sé que fue intenso y sincero. Natural.

Carlos Herrera, XLSemanal, 6 de septiembre de 2009.

Ahora, solo tenéis que comprobarlo.


Por qué ayer no pude llorar

Durante toda la semana había imaginado cómo sería mi reacción tras el final del partido si España ganaba el Mundial. Me veía colocando las manos sobre el rostro y rompiendo a llorar. Suponía que todos los malos momentos acumulados explotarían en forma de lágrimas. Pero las cosas nunca salen según las imaginamos y simplemente mis ojos se humedecieron. Nada más. Y nada menos. Quizá fuera porque ya había llorado demasiado durante los últimos meses como para hacerlo otra vez.
Cuando el árbitro pitó el final, aprovechando aquella maravillosa excusa futbolística, me abracé con mi familia, construyendo un paréntesis en mi frío hermetismo. Mientras en la televisión Iniesta se arrodillaba ante la gloria, aquel breve instante con los míos fue eterno. No puedo negar que gran parte del dolor aún sigue instalado en mí, pero he vuelto a comprobar que la alegría también existe. Han sido momentos muy duros, sin duda los peores de mi vida.

Creo que para cada español este título significa, además de lo evidente, algo muy personal. Para mí esto trasciende de lo futbolístico, yendo mucho más allá de mi pasión por este maravilloso deporte que adoro desde niño. Durante mucho tiempo he sido Luis Enrique golpeado por Tasotti. Durante mucho tiempo he sido Zubizarreta marcándose en propia puerta. Durante mucho tiempo he sido Morientes —sí, Morientes. ¿Tú lo recuerdas, verdad?— viendo a un egipcio anular su gol. Pero ayer todo cambió, ayer se rompió nuestro cruel destino y se quebró nuestra mentirosa rueda de la fortuna. Ayer se nos apareció un dios, un pulpo o una verdad, mientras un equipo de profetas  nos guiaba hacia otra desconocida dimensión. Ayer descubrí el porqué de mi ausencia de lágrimas. Ayer no pude llorar porque me di cuenta de que mis lágrimas eran las de Iker Casillas. Y ayer también fui Casillas levantando esa copa, esa obra de arte de mi felicidad.

La España bipolar: del tikitakismo al doblepivotismo

Ayer decía el gran @aureserrano que España es bipolar. Cierto. Viajamos en una cíclica montaña rusa. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Etcétera. Nuestra historia se encarga de demostrarlo. En el siglo XVI éramos la potencia más importante del planeta y en el XVII nos convertimos en el hazmerreír de Europa; en 1812 logramos  construir el enorme edificio legislativo liberal de la Constitución de Cádiz para que dos años después nos sumiéramos en el más cruel absolutismo con Fernando VII; a principios de siglo éramos la envidia del modelo de crecimiento económico de la UE y ahora somos el país del paro. Hace dos años ganamos una Eurocopa de fútbol y el otro día perdimos contra Suiza.
Antes del partido contra Portugal, navegábamos en un mar de dudas. Del Bosque era un mediocre seleccionador cuya principal apuesta, colocar en el mismo equipo a Xabi Alonso y a Busquets, era descalificada por los talibanes del tikitakismo. Tras la victoria contra Portugal, en la que ambos estuvieron espectaculares, toca hacerse un ultra del doblepivotismo. Ni tanto ni tan calvo, por favor.
El caso es que ahora remamos con el viento a favor y se supone que debemos pasarnos por la piedra a Paraguay porque de nuevo somos los mejores del mundo. Me viene a la memoria aquel equipo capitaneado por el histriónico Chilavert al que la gran Francia del gran Zidane solamente pudo ganar en la prórroga. También recuerdo a la Corea del Sur (de Al Ghandour), a la que despreciamos en un antológico ejercicio de soberbia patria, pues todos ya estábamos pensando en la semifinal con Alemania. Pero esto es fútbol, el deporte más maravilloso e imprevisible que conozco, donde te puede ganar Corea o EEUU y donde lo único importante es, precisamente, eso: ganar.

Turistas contra las vuvuzelas

Leyendo el camino del corazón de Sánchéz Dragó me di cuenta de la gran diferencia que existía entre los viajeros y los turistas. El fútbol, aunque sea desde casa, también nos da la posibilidad de viajar o de hacer turismo.
Durante estos primeros días de campeonato sudafricano observo a mucha gente quejarse de las vuvuzelas. Algunos como Juanma Castaño argumentan que ocultan cánticos y emociones. La misma opinión es compartida por el portugués Paulo Querido.

A vuvuzela mata a participação do público. Adeus cânticos nas bancadas. Adeus ola. Adeus palmas a incentivar os guerreiros e assobios a punir as más jogadas. Tudo isso acabou neste Campeonato do Mundo.

Inckuso hay una página en la que se enseña a minimizar su ruido.

Para mí los que critican las vuvuzelas son turistas. Gente que va a Sudáfrica y se toman hamburguesas en un McDonalds de Ciudad del Cabo, leen la guía de El País y escuchan el wakuwaku de Shakira. El turista anti vuvuzela, ya sea viendo el Mundial frente a un Sony Bravia desde el sillón de su casa o desde el IBC de Johannesburgo, no tolera su sonido, del mismo modo que aquél que viaja a Bali y se queja de la humedad (pero me compré unas pashminas supermonas, tía).

Sin embargo, parece que los sudafricanos disfrutan viviendo de esa manera —su manera— los partidos. Algo que desde la privilegiada atalaya del Primer Mundo no podemos comprender y nos resulta odioso. Ese afán de los europeos por imponer nuestras costumbres a los demás debe ser una herencia antropológica. Llevar la civilización —la nuestra— a los inferiores negritos del África tropical, todo muy a lo Darwinista social, muy a lo Kipling. Evangelizarles, en definitiva, en el acto de la animación deportiva.

Por lo tanto, propongo que el gobierno sudafricano contrate inmediatamente a Manolo el del Bombo y a los hooligans del Liverpool para enseñar a los desdichados negritos cómo se debe animar correctamente.

El descubrimiento de África por el látigo Serrano

“Yo, el desvalijado”. Encima victimista…

Descubrir en junio de 2010 que Sudáfrica es un lugar hostil, demuestra una asombrosa limitación cultural. Es ignorar la terrible colonización europea que, entre otras causas, han conducido al continente africano a una miserable situación.

Más del 50% de la población o 350 millones de africanos viven con menos de un dólar cada día.

Sólo hace falta entrar en internet —porque leer un libro ya es pedir demasiado— para extraer que Johannesburgo es la ciudad más peligrosa del planeta. Y, aunque sea triste, cualquiera sabe que la mayoría de los blancos allí viven en urbanizaciones con enormes medidas de seguridad.

Sin embargo, observo con asombro la última información de Miguel Serrano. Nos relata que acaba de trasladarse a un hotel más seguro. Una inteligente medida que debería haber tomado nada más llegar. Es la evidencia del tamaño del cerebro de estos personajes. ¿Acaso pensaba que le mandaban de vacaciones a un romántico safari a lo Memorias de África? Preciosas puestas de sol, leones, jirafas y demás lugares comunes. Por lo visto, nuestro látigo preferido se encontraba en un hotel donde solamente había un guardia de seguridad. Sobran las explicaciones. Ya de paso, ¿por qué no se instaló en una tienda de campaña en el centro de Johanesburgo? Le habría salido un reportaje precioso.

Un individuo que dice que a las africanas “ni con un palo las toco”, no puede dar mucho de sí.

Y, que yo sepa -ojalá me equivoque-, no ha sido rectificado por sus jefes. Si ésta es la gente que nos debe comentar lo que es África, apaga y vámonos.

Lo sublime en el fútbol. Estética y Mourinho

Fue Edmund Burke quien, en A Philosophical Inquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful (“Una investigación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo sublime y lo bello”), publicado en 1756, redefinió el concepto estético de lo sublime como algo categóricamente distinto a lo bello. Se trataba de algo más cercano a lo estremecedor. Se trataba de algo catártico, en el sentido aristotélico. Se trataba de algo cuyo perfecto ejemplo fueron las posteriores pinturas de Gaspar David Friedrich.
Si extrapolamos dicho concepto al fútbol (lo que no es, en absoluto, descabellado porque el deporte ya se ha convertido en un fenómeno cultural de masas, como el cine de Hollywood o los conciertos de música pop), podemos afirmar que lo suublime hoy es representado por aquellos equipos que se caracterizan por un juego rápido, de gran desgaste físico, muy efectivo e impactante.
Realizando un ejercicio de paragone, prefiero a Picasso que a Klimt, y a Goya que a Mengs. También me atrae más Uma Thurman que Claudia Schiffer. El placer estético, pues, se puede alcanzar por muchos caminos. Y el gusto es algo individual. De lo contrario, volveríamos a la imposición de la Academia francesa dirigida por Le Brun. Si regresáramos a la dictadura de lo que tiene o no tiene que gustar, quizá se deberían prohibir las heterodoxas películas de Tim Burton en favor el clasicismo de Garci.
Hoy en el fútbol parece que sólo existe un canon: el del toque. Da la impresión de que nos remontamos a la Atenas de Pericles, donde toda estatua humana, según dictaminó Polícleto, debía de tener la altura de siete cabezas. Sin dominio de la posesión no hay belleza, dicen los defensores de un modelo de juego barroco y preciosista. Para mí, sin embargo, hay tantas vías para agradar como tipos de concepción futbolística sean posibles. No me disgusta el equipo que se encierra en su área para defender: si consigue sus objetivos —Maquiavelo como referente—, es algo totalmente lícito. El entrenador portugués Jose Mourinho es el máximo exponente de una visión del fútbol cercana a lo sublime (en el lado opuesto se debería ubicar a Josep Guardiola). Los equipos del luso juegan explotando todas sus armas, derrochando energía, llegando a asfixiar a los enemigos. ¿Acaso no hay belleza en los castillos? ¿Acaso no es hermosa la ciudadela de Pamplona? Una defensa bien pertrechada puede producir un enorme placer estético al espectador. Al igual que nos puede agradar lo bello, lo puede hacer lo angustioso, como en el Grito de Munch o en las obras de Kafka. O la defensa del Inter o el contrataque del Chelsea.