Ayer entregaron a Barack Obama el Premio Nobel de la Paz –cuyo interés para algunos, entre los que me encuentro, es el mismo que tienen otros galardones como el Príncipe de Asturias,  es decir, escaso-. Hace cuatro meses Leire Pajín dijo aquella frase memorable del encuentro planetario, dos líderes una misma visión, dos políticas progresistas, y tal y tal. Lo que no sabemos es si hoy la volvería a pronunciar. Me temo que no.
Ayer Obama pronunció un discurso memorable. Ya no era la esperanza de un nuevo orden mundial basado en un hippismo heredero de Vietnam (el error de Vietnam, sin duda) sino una realidad como Comandante en Jefe de la primera potencia mundial y líder de Occidente (porque nadie en sus cabales piensa que la cabeza de nuestra civilización es el Secretario General de la ONU). No nos detendremos aquí a realizar un ensayo -teológico primero y filosófico después- sobre la guerra justa. Lo único que dijo ayer Obama fue hablar sin dobleces, sin caer en ese discurso buenista de alianzas entre civilizaciones que no quieren aliarse ni ser civilizadas.
En Afganistán hay una guerra, al igual que la había en Europa hace más de medio siglo; en Afganistán hay una ideología que pretende destruir la democracia occidental, al igual que en Europa hace más de medio siglo. Y la única forma de acabar con ella es combatirla, pensó Roosevelt (F.D., no confundir con T.).
¿Y Leire? ¿Sigue creyendo todavía en los dos líderes galácticos? Tal vez ahora Obama sea muy malo porque ha descubierto que le gusta matar, aunque se trate de talibanes. Debería saber que durante la Guerra Civil (para que tampoco Ignacio Escolar diga que siempre se acaba hablando de Hitler) sus compañeros de partido –cuando todavía era socialista, obrero y español-, estaban deseando la intervención aliada en España para acabar con la dictadura. Quizá en Afganistán  los oprimidos y las mujeres que llevan burka también piensan igual que Obama.

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