Ayer abrí el buzón de la casa de mi abuela para recoger el correo. Un par de cartas de bancos, el recibo de la luz, otro del del gas natural -que por estas latitudes siempre es un escándalo-, la guía QDQ y un sobre de publicidad de ONO que rezaba así: “Este año te traemos las rebajas a casa”Pasaron unos segundos y, mientras esperaba al ascensor, lo releí con mayor atención: “Te traemos las rebajas a casa”. ¿”Te traemos”?, me pregunté. ¿Te?
Mientras subía al piso comencé a pensar (sin que sirva de precedente…): ¿Quién es ONO para tutear a una señora que tiene más de ochenta años? Comprendo que hoy el tuteo se ha convertido en un modo de tratamiento habitual en casi todas las edades pero, de momento –afortunadamente-, aun no ha llegado a los ancianos. Al dirigirme a una persona mayor con la que no tengo demasiada relación, yo le trato siempre de usted. No es una simple cuestión de educación. Un anciano representa nuestro pasado más cercano, es un testigo viviente de la Historia -pero, sobre todo, de nuestra intrahistoria- y, por esa razón, debería ser casi venerado.
Cuando iba a la universidad en autobús y se subía un anciano, y no había un sitio libre, me levantaba para cederle el asiento. Cuando me encuentro por la calle a mi vecina de setenta años con las bolsas del supermercado se las cojo y se las llevo a casa. Cuando voy al pueblo y me encuentro al Tío Nicasio tallando unas madreñas mientras aprovecha la solana le digo:
-¿Qué tal está -no estás-, Nicasio?
-Tirando, mozo -me responde. Y luego me siento en el banco, donde me cuenta antiguas historias de jóvenes mineros que ahora ya son viejos, como él.
Que ONO me tutee sin conocerme puedo llegar a aceptarlo, porque ya es un convencionalismo social, pero me niego a que una empresa, en este caso de telecomunicaciones, trate de esa manera a todas las personas mayores.  (Aquellos, por ejemplo, que en su día instalaron los rudimentarios postes telefónicos de madera por los montes, aunque supongo que al director de marketing de ONO eso le importa una mierda). Desgraciadamente, creo que los ancianos se han convertido en los grandes olvidados de nuestra nueva sociedad occidental del siglo XXI (una sociedad envejecida, curiosamente).
Por supuesto, al entrar a casa de mi abuela, fui directamente a la basura y arrojé la carta, sin ni siquiera abrirla. A las personas mayores las empresas siempre deberían de tratarlas de usted.
(Por cierto, escribo estas letras desde un ordenador conectado a la red a través de los servicios de ONO).
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