(Imagen: http://multimedia.hola.com/noticias-de-actualidad/2010/03/11/miguel-delibes.jpg)
Ayer enlacé en el Tuiter a la página de un pueblo turolense. También he hablado bastante sobre la montaña leonesa y la Sama-Velilla. Se trata del mismo Todo, que simplemente significa interés por el mundo rural; por sus gentes, por sus paisajes, por sus trabajos, por su vocabulario, por su visión del mundo o por su fauna. Da igual una montaña de Picos de Europa que una dehesa extremeña, no importa si nos encontramos en un soleado olivar andaluz o en una pequeña aldea de Galicia, resulta indiferente hallarse en un lluvioso pueblo pesquero del cantábrico o en los infinitos campos de trigo de Castilla. Por eso admiro tanto al maestro Delibes. Porque amó el campo y comprendió la auténtica naturaleza como pocos.
Estamos en la época del fácil ecologismo dospuntocero, de la tienda de campaña de fin de semana pero con ordenador portátil, de cómo molan mis botas de Goretex pero qué asco me da el barro, tía, de tengo una planta de tomatitos cherry supercools en una macetita con vistas a la calle, de qué moderno soy porque solamente como vegetales, de soy miembro de Greenpeace pero sólo salgo de la ciudad para irme de vacaciones, de ir a una casa rural con jacuzzi y wifi, o de mira colega, qué buen montañero parezco con mi ropa de marca Quechua.
El maestro Delibes sabía, empero, que la esencia del verdadero ecologismo no es sólo la actitud, sino la observación del campesino y de todo aquello que le rodea, es decir, del paisaje y del paisanaje.
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