A continuación procedo a comentar algunas observaciones personales sobre la Semana Santa. Debo aclarar que ni soy miembro de ninguna cofradía y ni siquiera asisto regularmente como espectador. En los últimos diez años habré visto cuatro o cinco procesiones (y sólo por la casualidad de encontrarme con ellas en la calle o de estar con gente que sí quería ir).
  • Me gusta observar la diversidad sociológica de España a través de la Semana Santa. Por ejemplo, cuando llueve en Sevilla y se cancelan las procesiones asistimos a un rosario de lloros por parte de los cofrades que en las semanas santas del norte no ocurre. He llegado a ver Cristos tapados por un plástico transparente bajo una copiosa nevada. ¿Por qué en el sur se grita alborozadamente al paso de una representación de una madre que está sufriendo con la muerte de un hijo? En el norte, por ejemplo, hay personas que riñen a los que aplauden cuando los cofrades “bailan el paso”. El carácter del norte y del sur de España se observa perfectamente en sus Semanas Santas. Recuerdo a una turista malagueña en una procesión del norte cantando una saeta ante un Cristo de Gregorio Fernández, ante el estupor de los asistentes.
  • Me llaman la atención las numerosas críticas que generan las procesiones en el pragmático aspecto del entorpecimiento del tráfico por las ciudades y en las dificultades para aparcar. Es cierto que indudablemente suponen una incomodidad pero no menos que el resto de celebraciones en España, como las Fallas o los Sanfermines. Cualquier acto popular conlleva problemas en las ciudades pero no hay que ser muy inteligente para ir con el coche al centro un Jueves Santo si lo que buscas es tranquilidad. ¿No será que, implícitamente, con esas críticas a los problemas que generan las procesiones, el verdadero objetivo es la Iglesia Católica?
  • Penoso artículo de ABC sobre el topten de las cofradías españolas, mencionando a Madrid —of course— y dejando de lado, por ejemplo, la impresionante de Zamora. Madrid capital, Zamora sucursal, faltó decir.
  • Dicen que las Administraciones Públicas protegen a la Semana Santa. Normal. Es una fiesta que abarrota las ciudades y llena los hoteles. Dile tú a un hostelero que, por orden del señor alcalde, se suprime la semana santa en favor de una supuesta libertad religiosa y le correrá a sartenazos por la plaza mayor.
  • Supongo que toda esta gente que no soporta ver una procesión de Semana Santa y le desagrada su estética, tampoco puede ver una obra de Bernini. Dos expresiones del fervor religioso del catolicismo barroco que, hoy en día, son aspectos históricos que una sociedad no puede abandonar. Eso yo lo llamo también hacer Memoria Histórica.
  • Dicen los críticos que en Semana Santa se aprovecha para comer, beber, salir de fiesta, apostar dinero —en mi tierra el juego de las chapas—. Claro, es que las manifestaciones populares siempre conllevan otros aspectos sociales. La calabaza y la viera, sin ir más lejos, son los símbolos de la peregrinación a Santiago. Es indiscutible que se bebe más cocacola durante los mundiales de fútbol, que en el Halloween americano se ofrecen caramelos o que en Cataluña se regalan más libros por San Jordi. Nos guste o no, en Semana Santa se hacen torrijas, en la feria de abril se toma fino y en San Froilán en León se comen avellanas.
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