Leyendo el camino del corazón de Sánchéz Dragó me di cuenta de la gran diferencia que existía entre los viajeros y los turistas. El fútbol, aunque sea desde casa, también nos da la posibilidad de viajar o de hacer turismo.
Durante estos primeros días de campeonato sudafricano observo a mucha gente quejarse de las vuvuzelas. Algunos como Juanma Castaño argumentan que ocultan cánticos y emociones. La misma opinión es compartida por el portugués Paulo Querido.

A vuvuzela mata a participação do público. Adeus cânticos nas bancadas. Adeus ola. Adeus palmas a incentivar os guerreiros e assobios a punir as más jogadas. Tudo isso acabou neste Campeonato do Mundo.

Inckuso hay una página en la que se enseña a minimizar su ruido.

Para mí los que critican las vuvuzelas son turistas. Gente que va a Sudáfrica y se toman hamburguesas en un McDonalds de Ciudad del Cabo, leen la guía de El País y escuchan el wakuwaku de Shakira. El turista anti vuvuzela, ya sea viendo el Mundial frente a un Sony Bravia desde el sillón de su casa o desde el IBC de Johannesburgo, no tolera su sonido, del mismo modo que aquél que viaja a Bali y se queja de la humedad (pero me compré unas pashminas supermonas, tía).

Sin embargo, parece que los sudafricanos disfrutan viviendo de esa manera —su manera— los partidos. Algo que desde la privilegiada atalaya del Primer Mundo no podemos comprender y nos resulta odioso. Ese afán de los europeos por imponer nuestras costumbres a los demás debe ser una herencia antropológica. Llevar la civilización —la nuestra— a los inferiores negritos del África tropical, todo muy a lo Darwinista social, muy a lo Kipling. Evangelizarles, en definitiva, en el acto de la animación deportiva.

Por lo tanto, propongo que el gobierno sudafricano contrate inmediatamente a Manolo el del Bombo y a los hooligans del Liverpool para enseñar a los desdichados negritos cómo se debe animar correctamente.

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