Ayer decía el gran @aureserrano que España es bipolar. Cierto. Viajamos en una cíclica montaña rusa. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Etcétera. Nuestra historia se encarga de demostrarlo. En el siglo XVI éramos la potencia más importante del planeta y en el XVII nos convertimos en el hazmerreír de Europa; en 1812 logramos  construir el enorme edificio legislativo liberal de la Constitución de Cádiz para que dos años después nos sumiéramos en el más cruel absolutismo con Fernando VII; a principios de siglo éramos la envidia del modelo de crecimiento económico de la UE y ahora somos el país del paro. Hace dos años ganamos una Eurocopa de fútbol y el otro día perdimos contra Suiza.
Antes del partido contra Portugal, navegábamos en un mar de dudas. Del Bosque era un mediocre seleccionador cuya principal apuesta, colocar en el mismo equipo a Xabi Alonso y a Busquets, era descalificada por los talibanes del tikitakismo. Tras la victoria contra Portugal, en la que ambos estuvieron espectaculares, toca hacerse un ultra del doblepivotismo. Ni tanto ni tan calvo, por favor.
El caso es que ahora remamos con el viento a favor y se supone que debemos pasarnos por la piedra a Paraguay porque de nuevo somos los mejores del mundo. Me viene a la memoria aquel equipo capitaneado por el histriónico Chilavert al que la gran Francia del gran Zidane solamente pudo ganar en la prórroga. También recuerdo a la Corea del Sur (de Al Ghandour), a la que despreciamos en un antológico ejercicio de soberbia patria, pues todos ya estábamos pensando en la semifinal con Alemania. Pero esto es fútbol, el deporte más maravilloso e imprevisible que conozco, donde te puede ganar Corea o EEUU y donde lo único importante es, precisamente, eso: ganar.

Anuncios