Durante toda la semana había imaginado cómo sería mi reacción tras el final del partido si España ganaba el Mundial. Me veía colocando las manos sobre el rostro y rompiendo a llorar. Suponía que todos los malos momentos acumulados explotarían en forma de lágrimas. Pero las cosas nunca salen según las imaginamos y simplemente mis ojos se humedecieron. Nada más. Y nada menos. Quizá fuera porque ya había llorado demasiado durante los últimos meses como para hacerlo otra vez.
Cuando el árbitro pitó el final, aprovechando aquella maravillosa excusa futbolística, me abracé con mi familia, construyendo un paréntesis en mi frío hermetismo. Mientras en la televisión Iniesta se arrodillaba ante la gloria, aquel breve instante con los míos fue eterno. No puedo negar que gran parte del dolor aún sigue instalado en mí, pero he vuelto a comprobar que la alegría también existe. Han sido momentos muy duros, sin duda los peores de mi vida.

Creo que para cada español este título significa, además de lo evidente, algo muy personal. Para mí esto trasciende de lo futbolístico, yendo mucho más allá de mi pasión por este maravilloso deporte que adoro desde niño. Durante mucho tiempo he sido Luis Enrique golpeado por Tasotti. Durante mucho tiempo he sido Zubizarreta marcándose en propia puerta. Durante mucho tiempo he sido Morientes —sí, Morientes. ¿Tú lo recuerdas, verdad?— viendo a un egipcio anular su gol. Pero ayer todo cambió, ayer se rompió nuestro cruel destino y se quebró nuestra mentirosa rueda de la fortuna. Ayer se nos apareció un dios, un pulpo o una verdad, mientras un equipo de profetas  nos guiaba hacia otra desconocida dimensión. Ayer descubrí el porqué de mi ausencia de lágrimas. Ayer no pude llorar porque me di cuenta de que mis lágrimas eran las de Iker Casillas. Y ayer también fui Casillas levantando esa copa, esa obra de arte de mi felicidad.

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